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Finding Jesus on Christmas
Snow is on the tree branches and all is still. It is a quieter Christmas than any I can remember. Although I miss the family gatherings and festivities of the season, I’m also grateful for a Christmas tranquil enough for reflection on why we actually celebrate this season.  Over the past weeks, our little family has gathered in the basement a few evenings to relax with Christmas movies. As heartwarming and fun as these films may be, they make no reference to Jesus. Santa Claus, elves, and even the Grinch are welcome, but not Jesus.  Those of us who recognize Jesus as the centerpiece of Christmas fight an uphill battle not only to focus on Him, but also to worship Him for who He is. The apostle Paul wrote many letters to the early church. The emphasis of his letters was to make sure that God’s people worshipped the true Jesus, not some cultural variation of who they wished Him to be. Paul’s greatest warning to Christians was to not fall into believing false gospels and begin worshipping a made-up form of Jesus.  As I reflect on that warning in my own faith journey, I can see the temptation to transform Jesus either into a form of Santa Claus or into some version of the Ebenezer Scrooge. The truth is, Jesus came neither to grant all of our wishes nor to steal our joy.  The world’s caricatures of good and evil help us sort our experiences into understandable categories. We can all wrap our minds around a god who exists to make life pleasant and to reward those on the “nice” list. And Santa grades on a very generous curve. Only the naughtiest boys and girls get coal rather than presents. There is a part of us that wishes for God to be this way. We secretly hope that if our good outweighs the bad, God will give us a wink of approval and possibly spare us from painful experiences. We read our Bibles selectively, skipping over those portions that speak of judgment, hell, and suffering.   Others reject the concept of God’s goodness altogether. Rather than Santa, the only god that could exist is one more like Ebenezer Scrooge, unreasonable and sadistic in his demands. A god who condemns sin, allows a worldwide pandemic, or creates a place like hell doesn’t deserve our recognition or worship. We are higher moral creatures than such a supposed god.  So who is this Jesus helpless in a manger? Hanging on a cross? Seated at the right hand of God the Father? He is the mystery of God’s love. A mystery that completely transcends any earthly understanding of what it means to be “good” or “loving.” A mystery, Peter writes, that angels and prophets longed to see. A mystery of holiness that cannot coexist with pride, greed, and rebellion but who conquered sin and death through humility and love. For who has known the mind of the Lord, or who has been His counselor? Or who has given a gift to Him that He might be repaid? For from Him and through Him and to Him are all things. To Him be the glory forever. Amen. (Romans 11:34–36).  Jesus has changed the course of history. He neither shows up once a year to bring us trinkets for our kind deeds nor condemns us without compassion. Jesus changed the course of my history. Because of Jesus, I do not fear death. Because of Jesus, I can grieve with hope. Because of Jesus, I can loosen my grip on all of the earthly pleasures the world clamors for. Because of Jesus, I am dressed in a white robe of righteousness in spite of my rebellious heart. And because of Jesus, I have fellowship and intimacy with my Creator. How has Jesus changed your history?  This may be the truest Christmas of our lives. In the absence of parties, feasts, concerts, and gatherings, may we hear the whisper calling us to worship. My friend, receive with me the invitation of Christmas. Be amazed by Him. Emmanuel. God with Us. O come, let us adore Him, Christ the Lord. What comes into our minds when we think of God is the most important thing about us. —A.W. Tozer       If you’re wanting to cultivate a deeper relationship with the Lord but feel overwhelmed by the distractions and stressors of life, we invite you to check out our online book study Calm My Anxious Heart, starting Jan. 25, 2021. This 8-week study is filled with encouragement and practical help for moving toward contentment and trust in Him, no matter what your circumstances.   Photo by Tim Umphreys on Unsplash.
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La sanidad de Dios apesta
¿Alguna vez has tenido una experiencia en la que Dios ha “revelado” el significado de un pasaje de las Escrituras en tu corazón? Recientemente, Él ha estado haciendo eso en mi corazón con Juan 11. Este es el relato de cuando Jesús resucitó a Lázaro de entre los muertos. A lo largo de los años, he leído esta historia en Juan, he escuchado sermones sobre ella e incluso leí uno o dos libros relacionados con ella. Pero a medida que lo he estudiado en el contexto del quebrantamiento, Dios me ha estado mostrando algo nuevo con respecto a este milagro. Jesús estaba listo para trabajar. Estaba listo para resucitar a un hombre muerto para la gloria del Padre, y les dijo a los hombres que quitaran la piedra. Pero había un problema muy práctico del que Marta era muy consciente. El hedor. El primer pensamiento de Marta fue el olor de un hombre que lleva cuatro días muerto. En un momento, Marta simplemente dice: "Señor, apesta". La simple protesta de Marta representa lo que muchos de nosotros hemos sentido cuando el Señor está listo para traer sanidad y redención. Para que Dios trabaje en tu matrimonio, es posible que tengas que entrar en lugares bastante podridos. La piedra del pasado debe ser quitada, y es posible que debas volver a visitar conversaciones y experiencias desagradables para que Dios le dé una vida nueva a una relación muerta. Lo mismo ocurre con la sanidad del trauma. ¿Quién quiere hablar sobre abuso sexual infantil o sobre votos matrimoniales quebrantados? Estoy de acuerdo con Marta. ¡Apesta! ¿No sería mejor que la tumba del pasado se quedara cerrada? ¿Quién quiere lidiar con ese hedor? Trabajar hacia la sanidad en cualquier área de nuestra vida significa tener conversaciones difíciles y recordar cosas dolorosas. He conocido a muchas mujeres que anhelan la libertad y la redención, pero salen corriendo por el hedor. Dicen, "Es mejor dejar al pasado en el pasado". ¿Estás huyendo de la obra de restauración que Dios quiere hacer en tu vida o en tu familia debido al hedor? Hay muchos matrimonios y relaciones que han "sanado a medias" porque nadie quiere reconocer el dolor y la dificultad del pasado. Es preferible ocultar o ignorar una infidelidad porque es demasiado doloroso reconocerla. Ignoras una adicción porque enfrentarla podría causar demasiada interrupción en tu vida. O cojeas, permitiendo que tu pasado te persiga pero negándote a invitar al Señor al problema para que Él te sane. Cuando el Señor quita la piedra de nuestro quebrantamiento, lo hace para traer vida nueva. ¿Le entregarás a Él tu apestoso pasado, confiando en que Él realmente puede convertir las cenizas en belleza y revestirte de alabanza en lugar de cargar con un espíritu de desesperación? Amigo mío, Jesús quiere que te quites esa “ropa de luto” porque Él le ha dado nueva vida a lo que estaba muerto. Él puede lidiar con el hedor y te dará gracia en el proceso.
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Cómo elegir un consejero sabio
Después de todos tus propios esfuerzos y tus agallas, tus oraciones y búsqueda de consejos, tus lecturas e investigaciones te das cuenta de que lo has intentado todo y aún persistes en tu lucha. Llegaste a ese punto en el que sabes que necesitas ayuda. En el que necesitas un consejero. Quizás un ser querido haya muerto repentinamente. O tal vez tú y tu cónyuge no puedan comunicarse sin palabras hirientes. O tal vez los recuerdos y el dolor del pasado parecen estar filtrándose en tu vida diaria. Tal vez tu adolescente no escucha ni una palabra de lo que dices. O tal vez no puedas dejar de comer en exceso. Has intentado muchas alternativas buscando ayuda: libros, consejos de amigos, pidiendo oración, pero todavía estás estancado. Estás tan atascado que te das cuenta de que es hora de dar el paso hacia la consejería. Pero, ¿a dónde vas ahora? ¿Cómo encuentras a la persona adecuada para ayudarte? Después de todo, ¡esta es tu vida de la que estamos hablando! Necesitas más orientación que una simple búsqueda rápida en Google. Esta es la verdad sobre la consejería: la única herramienta que realmente importa es el consejero. Todo el entrenamiento y la experiencia en consejería del mundo en realidad no significan nada si el consejero es alguien que carece de sabiduría y madurez. El hecho de que un trabajador social o un psicólogo esté en la lista de tu compañía de seguros como "proveedor aprobado" tampoco significa casi nada. Y, desafortunadamente, la etiqueta "consejería cristiana" puede que tampoco signifique mucho. Elegir un consejero es una decisión muy importante. Un consejo incorrecto, incluso de un profesional bien intencionado, puede resultar hiriéndote y dañando relaciones. Entonces, ¿por dónde empiezas? ¿Qué deberías buscar en un consejero? 7 rasgos de un consejero sabio Proverbios es esencialmente un libro sobre cómo vivir sabiamente, y es un gran lugar para comenzar tu proceso de selección de un consejero en el que puedas confiar. Echemos un vistazo a algunas de las cosas que dijo Salomón para encontrar consejos sabios. 1. Un consejero sabio teme al Señor  La gente a menudo pregunta: "¿Está bien tener un consejero que no es cristiano?" Puede parecer imposible encontrar un cristiano que esté cubierto por tu plan de seguros o que no viva a más de 100 kilómetros de dónde te encuentras. Esto también puede ser un problema si estás buscando un tipo de consejero muy específico. (Por ejemplo, tu hijo tiene síndrome de Asperger y deseas encontrarle un consejero con esa especialidad). Puede que tengas un contador o un cardiólogo que no sea cristiano y esto no hace una gran diferencia en los consejos que te dé. Sin embargo, la consejería generalmente implica decisiones morales y espirituales. La cosmovisión de una persona sobre el bien y el mal, el significado de la vida, etc., inevitablemente entrará en la sala de consejería. Proverbios nos dice: "El comienzo de la sabiduría es el temor del Señor" (9:10, NVI). Temer a Dios significa reconocer que él es quien define el bien y el mal, que finalmente nos postraremos ante un Dios que es más grande que nosotros. Independientemente de si un consejero es cristiano o no, es indispensable que respete tu deseo de honrar al Señor. Si estás buscando consejería sobre un tema que claramente involucra elementos morales o espirituales (como recuperación de abuso sexual, luchas matrimoniales, pensamientos suicidas, problemas de identidad sexual, etc.), tu consejero debe ser un cristiano maduro, equipado para compartir sabiduría que represente la verdad y el amor de Cristo. Vale la pena conducir esos 30 minutos adicionales y pagar la tarifa. 2. Un consejero sabio tiene una buena reputación Proverbios nos recuerda que "Vale más la buena fama que las muchas riquezas, y más que oro y plata, la buena reputación" (22:1, NVI).  Si alguien me pregunta cómo encontrar un buen consejero, mi consejo suele ser preguntar. Pregúntale a tu pastor, pregúntale a tus amigos y pregúntale a tu médico, recopilando recomendaciones de personas en las que confías. Los consejeros desarrollan una reputación basada tanto en su campo profesional como en la comunidad cristiana. Si escuchas el mismo nombre recomendado dos o tres veces por personas en las que confías, eso es una gran ventaja. 3. Un consejero sabio está dispuesto a "herirte" A pesar de que brindan afirmación y aliento, en algún momento, los consejeros sabios dirán verdades duras. "Las heridas de un amigo sincero son mejores que muchos besos de un enemigo.", nos dice Proverbios 27:6 (NTV). Un consejero es más que un compañero glorificado; él o ella debería ser alguien que realmente aconseje. Después de varias visitas con un consejero, debe haber algunas conversaciones difíciles, como preguntas que te incomoden, perspectivas que te desafíen a ver tu propia contribución a un problema o "asignaciones de tareas" que te pidan que salgas de su zona de confort. Hay algunos consejeros que nunca te van a contradecir y que siempre estarán felices de darte una dosis semanal de afirmación por el resto de tu vida. Si quieres que alguien esté siempre de acuerdo contigo, ¡ahorra dinero y consigue un perro! 4. Un consejero sabio anima el hecho de que haya un equipo Proverbios 15:22 dice que "Los planes fracasan por falta de consejo; muchos consejeros traen éxito” (NTV). ¿Significa esto que deberías ver a dos o tres psicólogos a la vez? Por supuesto que no. Sin embargo, siempre debes tener un equipo de consejeros y asesores. Puede que tu médico general te ayude con una alergia, pero probablemente sepa poco sobre un tumor cerebral. Puede que tu pastor te ayude con preguntas espirituales, pero probablemente no esté equipado para ayudarte con un trastorno alimenticio. Los consejeros sabios conocen sus límites. Te alentarán a depender de una multitud de asesores. No intentarán ser tu mentor, amigo, director espiritual, gurú financiero, experto en crianza de los hijos y nutricionista. ¡Un consejero que fomenta la dependencia o da el aire de ser un sabelotodo es una gran señal de alerta! 5. Las palabras de un consejero sabio dan vida Proverbios nos recuerda que "En la lengua hay poder de vida y muerte,” (18:21, NVI). Y también que, "las palabras del sabio traen alivio" (12:18, NTV) y "animan a muchos" (10:21, NTV). ¿Puedes discernir cuáles son las palabras que dan vida? No son necesariamente declaraciones tiernas y felices. De hecho, a veces la verdad duele. Ya sea que la ocasión requiera aliento o un llamado de atención, un consejero sabio promueve la vida. Hazte la pregunta: "¿Este consejo está edificando vida y la vitalidad de mi matrimonio, mis amistades y mi relación con Dios?” 6. Un consejero sabio hace su tarea Proverbios 6:6 nos dice: "Tú, holgazán, aprende una lección de las hormigas. ¡Aprende de lo que hacen y hazte sabio!" Quizás te preguntes qué tiene que ver el estudio de las hormigas con recibir buenos consejos. Salomón nos anima a todos a estudiar la creación y a aprender los principios para una vida sabia. Del mismo modo, un consejero o psicólogo ha elegido la profesión de estudiar cómo vivimos e interactuamos para transmitir sabios consejos. Ser una persona espiritual y un buen oyente no es excusa para la ignorancia. La persona en quien confíes para recibir consejo siempre debe ser un estudiante, dedicado a aprender cómo ministrar de manera más efectiva a quienes buscan consejo. 7. Un consejero sabio conoce los límites de la sabiduría humana "Mi hija murió de cáncer hace unos meses. Solo tenía 8 años". ¿Cómo debería responder un consejero sabio a una declaración tan devastadora? No hay explicaciones ni racionalizaciones sobre por qué Dios permitiría que ocurrieran tales tragedias. A veces, el consejero más sabio se quedará en silencio y llorará con una persona que sufre un dolor tan profundo. Muchas cosas en esta vida están más allá de nuestro entendimiento. Proverbios 20:24 (NVI) dice, "Los pasos del hombre los dirige el Señor. ¿Cómo puede el hombre entender su propio camino?" Mientras luchamos con los porqués, la verdadera sabiduría siempre conoce sus límites. Dios puede consolar a los que tienen el corazón roto sin siempre explicarse a sí mismo. Como psicóloga clínica, no puedo curar a los heridos. No puedo restaurar un matrimonio roto. No puedo encontrarle sentido a la tragedia. Pero puedo guiar compasivamente a alguien hacia el verdadero Consejero que puede hacer todo esto y más. ¿Qué hay de ti? Entonces, ¿qué pasa una vez que hayas juntado el consejo de Salomón y hayas elegido un consejero sabio? ¿Eso garantiza que te irá mejor al final? No necesariamente. Si bien he enumerado siete criterios para los consejeros sabios, solo daré uno para un estudiante (o cliente) sabio: Un estudiante sabio está abierto a la amonestación. Proverbios 15: 31–32 nos recuerda: "El que atiende a la crítica edificante habitará entre los sabios. El que rechaza la corrección se desprecia a sí mismo; el que la atiende gana entendimiento” (NVI). La razón número uno por la que la consejería puede ser una pérdida de tiempo y dinero es que la persona que busca consejería no quiere hacer el trabajo duro. Él o ella espera que alguien con un montón de títulos elegantes en la pared saque una varita mágica y haga desaparecer el dolor. La persona está esperando un consejo inspirado que deshaga años de peleas y decisiones necias. Sin embargo, como ocurre con gran parte de la vida, obtendrá de la consejería tanto como esté dispuesto a entregar o invertir en ella. Un buen asesoramiento requerirá algo más que tu dinero. Requerirá que seas valiente al enfrentar el dolor, firme en elegir sabiamente y humilde al ver tu necesidad de la verdad y la gracia de Dios.  
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“¿La masturbación es pecado?” Puede que estés haciendo la pregunta equivocada
Siempre que hablo con un grupo de personas sobre sexualidad, trato de dejar tiempo para una sesión de preguntas y respuestas anónimas. No importa quién esté escuchando, joven o viejo, hombre o mujer, casado o soltero, estoy segura de que me preguntarán sobre la masturbación: ¿Está mal? ¿Qué dice la Biblia al respecto? Muchos cristianos han hablado y escrito sobre el tema, algunos de ellos con un sincero desacuerdo.  Si deseas saber cómo respondí a esta pregunta en el pasado, puedes leerlo aquí. Sin embargo, en lugar de repetir esos pensamientos en este blog, quiero sugerir un nuevo ángulo. Y ¿qué tal si la pregunta tiene una visión de muy corto alcance? ¿Has notado alguna vez que cuando la gente le hacía una pregunta moral a Jesús, él a menudo la eludía y planteaba una pregunta diferente? No fue porque no supiera la respuesta. Era porque conocía el corazón de la persona que hacía la pregunta y estaba más preocupado por ministrar a su corazón que por responder específicamente a su pregunta. Es probable que, si estás aquí, hayas leído otros blogs y opiniones sobre la masturbación. Probablemente incluso tengas tu propia opinión. Entonces, ¿por qué está interesado en otra versión de esta antigua pregunta que, francamente, ni siquiera se aborda en la Biblia? En otras palabras, ¿cuál es la pregunta debajo de tu pregunta? Quizás quieras que alguien escriba un blog que borre la vergüenza que sientes por masturbarte. Tal vez esperas que confirme tu sospecha de que el placer personal es realmente una práctica horrible. Sospecho que no importa lo que escriba sobre la masturbación, es posible que aún te sientas insatisfecho y busques otra opinión sobre el tema.  Por eso quiero sugerir una pregunta diferente y, creo, una pregunta más saludable. Quizás incluso una pregunta que Jesús le haría a un hombre o una mujer que buscaba su sabiduría sobre este tema. ¿Estás listo? ¿Por qué te importa la masturbación? Durante mucho tiempo he sospechado que la masturbación es menos una cuestión de moralidad cristiana que de madurez cristiana. Cuando somos inmaduros en nuestro caminar con Dios, buscamos reglas. Dime, ¿hasta dónde puedo llegar con mi novio? ¿Podemos mi esposo y yo usar juguetes sexuales en el dormitorio? ¿Está bien leer novelas románticas? Podemos quejarnos de las reglas de la vida cristiana, pero al mismo tiempo aferrarnos a más de ellas.  VIDEO: ¿Puede la masturbación ser algo bueno? Durante mis últimos 10 años trabajando con cristianos en temas sexuales, he visto que nos hemos obsesionado con “las reglas” sobre el sexo. Discutimos sobre las que consideramos poco amorosas y debatimos las líneas morales que parecen nebulosas. Jesús vino para darnos libertad, no para enfocarnos más en las reglas. Pablo escribió en Romanos 6 que aquellos que no conocen al Señor son esclavos de sus propios deseos carnales. No tienen la libertad de elegir lo que es correcto, por lo que necesitan reglas y un castigo por romperlas. Sin Cristo, terminamos actuando bien solo cuando nos hacen sentir culpables o avergonzados. Una vez que el Espíritu de Dios vive dentro de nosotros, tenemos ojos para ver una imagen más allá de las reglas. Vivimos según la "ley del amor" por Dios y por los demás.  Amigo o amiga, si conoces al Señor, tienes libertad infinita en la forma en que administras tu sexualidad. Puedes responder a tus deseos más carnales con abandono, conociendo las consecuencias a largo plazo de esas elecciones: una falta de intimidad entre Dios y las personas. Pero también puedes elegir ver tus deseos a la luz del amor de Dios por ti. Aprendes el autocontrol para decir "no" a lo que quieres, para decir "sí" a un placer mayor, no por miedo sino por sabiduría. Madurar como cristiano no se trata solo de memorizar y vivir según las reglas, sino de invitar a Dios a sanarte y transformarte. A medida que creces en tu caminar cristiano, las reglas se vuelven innecesarias porque has interiorizado la ley del amor por Dios y por los demás. Los cristianos tenemos libertad para masturbarnos, así como somos libres de elegir muchas cosas que pueden o no reflejar la bondad de Dios. A medida que nuestro viaje con el Señor se profundiza, debemos avanzar hacia la plenitud de su diseño para la sexualidad. Siempre y cuando nos quedemos atascados en la pregunta: "¿Está mal la masturbación?" nunca avanzaremos hacia una visión más amplia de la integridad sexual que nos ayude a superar la pregunta en sí.  Fuiste creado para la intimidad: una conexión profunda y duradera con Dios y con otras personas. La masturbación es una forma temporal de experimentar un leve destello de placer y comodidad, sin la verdadera intimidad que anhelas. Como el algodón de azúcar, tiene un sabor dulce por un segundo y luego se disuelve en una nada azucarada. Los niños se sienten atraídos por el algodón de azúcar. No tienen la experiencia para saber que la apariencia grande y colorida es un espejismo de sustancia. Los adultos lo saben mejor. Imagínese si hubiera innumerables blogs debatiendo la sabiduría de comer algodón de azúcar. No es una pregunta si tienes más de diez años.  Aunque puede que no sea intrínsecamente incorrecto, la masturbación es intrínsecamente inmadura. Todos comenzamos como niños en nuestro caminar con el Señor, incluso en cómo entendemos su diseño para la sexualidad, pero no queremos quedarnos ahí. Como pueblo de Dios, veamos más allá de la pregunta y miremos los anhelos más profundos de nuestro corazón. ¿La masturbación le sirve a tu soledad? ¿A tu ansiedad? ¿Tu desprecio hacia ti mismo? La masturbación es, en el mejor de los casos, una medida temporal destinada a combatir la tentación. O tal vez sea una herramienta para redescubrir el contacto y la respuesta sexuales seguros después del abuso sexual. Aun así, ¿cuál es la fuente de nuestros anhelos sexuales? ¿Y cuál es una satisfacción más duradera para la llenar eso que estás buscando? Si tenemos iglesias llenas de cristianos sexualmente morales pero inmaduros, no lograremos traer la plenitud de la gloria de Dios a nuestras relaciones. Dios te creó para hacer más que seguir una lista de "no hagas…”. Te dio deseos, incluido el deseo sexual, como señal de que no estabas hecho para vivir aislado. Fuiste creado para ser conocido, dar vida y experimentar la verdadera unidad con Jesucristo.  ¿Qué pasaría si todo el esfuerzo que pones para dejar de masturbarte se dirigiera, en cambio, a superar el deseo de hacerlo? Permíteme sugerirte amablemente que dejes de preguntarle a los demás si la masturbación está mal y comiences a pedirle a Dios mismo: "Señor, por favor, guíame a conocer la intimidad para la que fui creado".  Suscríbete a nuestra lista de correos para recibir notificaciones cuando nuevos blogs y grupos en español estén disponibles.  ¡Nueva entrada en el blog! 3 cosas que aprendí (y desearía no haberlo hecho) de la pornografía ¿Qué pasa si quiero más sexo que mi esposo? ¿Cómo reconstruyo la confianza después de una traición? ¿Qué pasa si no me gusta el sexo? Mira nuestros libros en Español​ El Sexo y la chica soltera En busca de la pasión 25 Preguntas que temes hacer acerca del amor, el sexo, y la intimidad
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Compassion That Doesn’t Compromise 
I’m in my-mid forties, divorced, and lonely. I love God and want to follow His plan for sex and marriage, but I just can’t find a man who is willing to share that journey with me. I’m not the naive young woman “saving sex for marriage” like I was in my twenties. I’m an adult with longings and needs. I don’t think God would judge me for having sex with the men I’m dating.  The email above represents many of the questions you might be asking about sex. Either you or someone you love wants permission to do something you know isn’t biblical—leave a marriage, cheat on a spouse, sleep with a boyfriend, or pursue a same-sex relationship. The reason? You are in pain. The justification? God is a God of love and compassion who would surely want to rescue us from such pain and usher us into happiness.  Compassion is a wonderful trait for us to develop in our Christian communities. The Lord is “full of compassion and mercy,” and we should be like Him. Compassion means to have sympathy and concern for the suffering of other people. As the Bible tells us, we are to weep with those who weep and rejoice with those who rejoice. However, in our day, compassion can also be a justification to overlook and even encourage sin.  Because of compassion, I might drive a young woman to an abortion clinic. I know that having a baby at sixteen will dramatically alter her future. I may think, “Abortion may be wrong, but perhaps it’s a necessary evil for my young friend to have a bright future.” Because of compassion, I may celebrate a gay wedding. I want my friend to find love and can see the beauty of two women who want to commit their lives to one another. I may think, “Surely God, as the author of compassion, would be celebrating too, wouldn’t He?” Because of compassion, I might encourage my friend to leave her husband. I may think, “He’s boring and they have little in common. The guy she met at work seems like a much better fit for her than her husband seems to be.” Have you been there? Have you felt the tension of loving someone in pain and wanting them to find happiness, regardless of the cost to get there? Out of compassion, I can be moved to justify any sin in my own life or another’s—a convenient lie.  Breaking a promise that costs too much to keep.  An angry outlash at someone who absolutely deserves it. Spreading gossip about a person who has hurt someone I love.  By doing so, we are quickly fitting the mold of those Paul described in Romans 1: “Although we know God’s righteous decree that sin leads to death, we not only continue to do these very things but also approve of those who practice them.” Compassion itself can become our god, causing us to put aside our reverence for the God of all compassion.  As we wrestle with agonizing struggles, temptations, and genuine pain, it’s wise to return to the evergreen question, “What would Jesus do?” How did He embody compassion without compromise?    Compassion moves us to action, not acceptance.  There are many stories in the gospels that describe Jesus’ compassion for both groups of people and for individuals. His compassion always moved Him to action. Out of compassion, He wept, He healed, and He fed hungry crowds. He did whatever He could to alleviate suffering. But in at least one instance, we find Jesus in a state of compassion expressing helplessness to act. It was shortly before His crucifixion as He looked over the city of Jerusalem. He saw a brokenness that He couldn’t heal. As he approached Jerusalem and saw the city, he wept over it and said, “If you, even you, had only known on this day what would bring you peace—but now it is hidden from your eyes. The days will come upon you when your enemies will build an embankment against you and encircle you and hem you in on every side. They will dash you to the ground, you and the children within your walls. They will not leave one stone on another, because you did not recognize the time of God’s coming to you.” Likewise, Jesus had deep sorrow and compassion for a rich young ruler who refused to abandon his love for money. While Jesus, the God of all compassion, did all that He could to alleviate suffering, He never changed the standard of holiness in order to make people feel better or save them from suffering.  Like Jesus, our compassion should lead us to action. We can alleviate suffering by comforting and providing for material needs. In fact, compassion should compel us to go to great expense to serve others who are in pain. However, we must never confuse compassion with turning away from God’s standard of right and wrong.  In compassion, what if the father of the prodigal son kept sending him money to live a life of pleasure and recklessness? Sometimes, our greatest expressions of care are in lovingly refusing to go along with something that will ultimately result in spiritual harm.    Compassion shares the journey.  Compassionate. It’s not a description that is typically used to describe Christians. In fact, the opposite is often true. Instead of compassion, Christians are often characterized as hypocritical, judgmental, and uncaring. Perhaps the stereotype is unfair, but it has a grain of truth, nonetheless.  It’s one thing to tell a young woman not to get an abortion. It’s quite another to offer her friendship and financial support through the journey of pregnancy, delivery, and raising a child. Pursuing God’s holiness is costly. When we call one another to do so, are we willing to walk the hard journey with them?  Jesus could not save the city of Jerusalem over which He wept. But ironically, He offered His life to do so. “You did not recognize the time of God’s coming to you.” Immanuel. God with us. I will never leave you or forsake you. God’s greatest compassion is not that He saves us from pain, but that He ministers to us through it.  Our greatest mission is the same. It’s far easier to condone a convenient sin than to walk with someone through the long journey of repentance and self-denial.    Compassion recognizes that I’m as lost as you are. There is no greater comfort than that which can be offered by someone who has walked through your situation. The compassion of knowing your pain is far deeper than the compassion of imagining that pain. This is why Hebrews reminds us, “ We do not have a high priest who is unable to empathize with our weaknesses, but we have one who has been tempted in every way, just as we are—yet he did not sin. Let us then approach God’s throne of grace with confidence, so that we may receive mercy and find grace to help us in our time of need.” Jesus, the Son of God, the perfect man endured human life so that He could relate to us! Yet, why when we minister to others do we so often try to elevate ourselves with self-righteousness? It’s so tempting to speak with an air of moral superiority, forgetting that genuine compassion means companionship.  I’m not a moral authority, but a fellow seeker of God’s truth and love. If you are speeding along the highway, my permission doesn’t change the speed limit nor will it keep you from the potential consequences of a deadly crash. Whatever my opinion, I am subject to the same laws of nature that you are.  The same is true as we grapple with issues of sexual morality. Please do not place your trust in my opinion on abortion, gay marriage, gender fluidity, adultery, or divorce. I am a sinner just like you! While I may share what God is teaching me on such important topics, my one desire is to point you to a Truth that transcends my understanding.  Ultimately, I pray that my approval or condemnation means very little to someone searching for answers. In compassion, may my best advice reflect what I myself need everyday. Run to Jesus. Trust His Word. His healing is eternal. His commands will actually revive your soul. He came to bring life, not judgment.  May we be a people of compassion … but not the superficial compassion of tolerance and acceptance. May we strive for a compassion that costs us our time, our energy, our resources, and our pride.        You may also find the following resources helpful: Java with Juli #285: Loving without Compromise (member exclusive) Java with Juli #182: Your Generation & Your View of Sexuality  Relational Revelation (blog)   Photo by Ashton Bingham on Unsplash